ROMA. Iglesia de Santa Maria della Vittoria. Capilla Cornaro. Transverberación de Santa Teresa de Jesús. Gian Lorenzo Bernini. Mármol y bronce dorado. (1647-1652)


 

La ascensión al papado de Inocencio X señaló el principio del único breve período en que Gian Lorenzo Bernini careció del favor papal. Esta etapa de relativa marginación, en la década de 1640, provocó, no obstante en el artista la creación de su mayor obra maestra, la Capilla Cornaro en Santa Maria della Vittoria de Roma. El cardenal Federico Cornaro, quien encargó la capilla, descendía de un ilustre linaje veneciano y era hijo de un dux. Vivía en Roma y tenía especial simpatía a la nueva orden de carmelitas descalzos. No es de extrañar que eligiese la iglesia carmelita de Santa Maria della Vittoria para erigir la capilla funeraria familiar y obtuviese de los carmelitas el emplazamiento más prestigioso, a la izquierda del altar mayor. Santa Teresa era la primera santa de la orden de los carmelitas descalzos y su canonización en 1622 era bastante reciente. Cornaro aprovechó la pasajera caída en desgracia de Bernini y contrató sus servicios para una obra concebida como un monumento conmemorativo en su propio honor y el de su familia. El precio fue astronómico, 12.000 escudos, suma superior al coste total de la iglesia de San Carlo alle Quatro Fontane de Francesco Borromini, el rival de Bernini. La Capilla Cornaro introduce una combinación magníficamente armonizada de pintura al fresco, mármoles coloreados, alabastro y, por supuesto, mármol blanco para los tres grupos escultóricos principales: los dos relieves laterales del donante, su padre el dux y seis cardenales Cornaro de generaciones anteriores, y el célebre retablo central donde se representa la experiencia mística de la Santa de Ávila. En la bóveda, pintada por Guidobaldo Abbatini conforme a un esbozo de Bernini, se representa la luz que emana la paloma del Espíritu Santo y desciende a través de las nubes para iluminar la escena que tiene lugar abajo. La luz se desvanece entre las nubes de estuco, proyectando una sombra sobre las molduras y creando la impresión de que penetra en nuestro propio espacio. Abajo, en el cuerpo principal de la capilla, las figuras surgen como espectros, efecto realzado por Bernini mediante la creación de una hornacina especial para albergar la escultura central. Esta profundidad añadida parece situar la experiencia mística de Santa Teresa en un espacio exterior a los confines de la capilla. Bernini combinó la arquitectura, la escultura y la pintura en esta obra, creando un bel composto o “síntesis bella”. El conjunto ejerce un impacto acumulativo, ya que todos los elementos están concebidos para reforzarse entre sí. No son palcos teatrales, como algunos han apuntado, desde donde contemplan el éxtasis los miembros de la familia Cornaro, sino oratorios desde los cuales los miembros de la realeza o personajes distinguidos observaban los oficios divinos. Sus posturas reafirman el tema principal de la capilla, es decir, las provechosas para el alma, cualidades de la misa. Conscientemente, Bernini, fusionó las artes en una nueva forma de expresión, arrastrando al espectador y a los miembros de la familia Cornaro a una permanente recreación de la unión mística del alma con Dios. En la obra cobra especial importancia el juego de la iluminación. Detrás del frontón curvo, Bernini dispone de un tragaluz de color amarillo (oculto al espectador) que ilumina unas ráfagas doradas que están detrás de la escultura y el propio conjunto escultórico. Ello creaba una serie de sombras y contornos, que en contraste con el color blanco del mármol, creaba un ambiente dramático y misterioso, que potencia el carácter místico que desea plasmar el artista. Bernini, en esta obra, utiliza todos los recursos, en primer lugar la forma unitaria de entender la arquitectura de la Capilla, donde arquitectura, decoración y escultura sirven a un mismo fin, el dinamismo en las formas compositivas con diagonales y desequilibrio, la teatralidad en la elevación de la nube y la luz cenital que ilumina, como si se tratara de un luz celestial, y una expresión o pathos, que llevados al extremo para provocar la sorpresa, conmoción hasta llegar casi a la catarsis del espectador. El elemento más destacado de la capilla es el propio retablo. Las paredes se separan para revelar a la Santa y un ángel levitando ante nuestros ojos. Bernini aborda aquí la más célebre de las experiencias místicas de Santa Teresa, la transverberación, que combinaba un estado estático y visionario. La sencilla y humildísima celda conventual donde vivía la Santa es transformada en un barroco rompimiento de gloria. En su autobiografía espiritual, Santa Teresa describió el momento en que un ángel la hería con un dardo llameante. Escribe Teresa: “Le veía en las manos de Ángel un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Esto me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor que me hacía dar aquellos quejidos, y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor, que no hay desear que se me quite, ni se contenta el alma con menos que Dios. No es dolor corporal sino espiritual, aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aún harto. Es requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo a su bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento”. Vista como antítesis, la relación entre ambas figuras, Teresa y el ángel, podría describirse como el enfrentamiento entre el espíritu y la materia, el ascenso y el descenso, el placer y el dolor. El rostro de Santa Teresa aparece ladeado, mientras que los ojos entornados y la boca abierta se remiten a la combinación de éxtasis y muerte. Su rostro es juvenil, como si pretendiese ofrecer una imagen de su alma más que la de la mujer de mediana edad que era ya Teresa cuando experimentó la transverberación. Bernini supo trasladar las emociones y sentimientos que se experimentan en el encuentro místico. El rostro de Santa Teresa mantiene un gesto contenido lleno de sensualidad. Bernini utiliza este recurso uniendo misticismo y sensualidad, espíritu y carne para hacernos entender, como bien relataría Santa Teresa, el inefable encuentro con Dios. La Santa se apoya sobre una nube rugosa, observándose la desnudez de sus pies (en relación con la Orden a la que pertenecía) y los pliegues de su vestimenta, que cubren casi todo su cuerpo. Estos pliegues no se corresponden totalmente con las formas de su cuerpo, lo que da una sensación de mayor expresividad e irracionalidad. Lo más importante es la expresividad del rostro de la Santa, que se confunde entre el dolor y el placer provocado por la flecha que el ángel acaba de clavar en su corazón. Bernini realizó un notable esfuerzo para indicar la transformación en el estado de la santa mediante la postura del cuerpo, el arqueo convulsivo del pie izquierdo, la cabeza inclinada y los ojos en blanco. El ángel extrae el dardo del cuerpo femenino, que queda suspendido un instante antes de caer de espaldas. El fuego está en el dardo llameante con que el éxtasis nos aparta de lo cotidiano. Es el símbolo de la unión de la santa con Cristo. Mediante la creación por los artistas de obras como ésta, se mostraban personajes modélicos que los fieles debían atender con devoción, se evidenciaba el poder de la Iglesia y de forma secundaria el poder de la familia Cornaro que había sido la promotora. La composición de Bernini está dictada por la necesidad del comitente, el cardenal Cornaro, de dar testimonio de su fe. El testimonio directo se tenía en cuenta, en efecto, en los procesos de canonización, de ahí que la presencia de la familia Cornaro como testigo ocular en la canonización de la santa adquiera un valor doble: un tributo a la memoria de Santa Teresa, pero sobre todo la voluntad por parte de los Cornaro, aspirantes al papado, de ser incluidos entre los más grandes mecenas de la Iglesia del siglo XVII.

 

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